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DOS & DON'TS
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![]() ![]() Éstas son las historias de cinco soldados del Ejército estadounidense que han elegido solicitar asilo en Canadá en lugar de continuar luchando en las guerras de Iraq y Afganistán ENTREVISTAS DE ROCCO CASTORO FOTOGRAFÍAS DE RYAN FOERSTER ![]() Mis padres se separaron cuando yo era niño. Viví la mayor parte del tiempo con mi madre hasta cumplir los catorce años y luego quise saber cómo sería vivir con mi padre. Mi padre es un auténtico republicano, el típico hombre belicoso. Siempre me habla del Ejército como si nunca debiera haberlo abandonado. Tras un par de años dejé su casa y salí en busca de mi propio destino. Dejé el instituto y estuve trabajando un tiempo en fábricas. Fui a un instituto de formación profesional durante un año, pero no era para mí. De repente cumplí veinte años y pensé: “Bueno, voy a probar el Ejército”. Te pagan la comida y te dan un techo bajo el que cobijarte, es decir, que se ocupaban de todo lo que no tenía. Corría el año 2002 y empezaban a oírse los primeros rumores de que iríamos a la guerra. Decidí alistarme al Ejército como reservista. El campamento de entrenamiento para reclutas era una basura. Era como esperar en una larga cola hasta el fin de los días. Todo el mundo se preguntaba: “¿nos van a enviar a Iraq?”. Pero nuestro sargento de instrucción aseguraba que no, porque Sadam había desgranado tanto su país que la población era incapaz de hacer causa común y amenazar a Estados Unidos. Sin embargo, había gente que afirmaba justo lo contrario: “Sí, por supuesto que vamos a ir a bombardear a esos cabrones”. Si nos desplegaban, yo no quería ir. Siempre he pensado que la guerra es una estupidez y sólo participaría en una si invadieran mi país. Al final, se programó el despliegue de mi unidad. Dejé el trabajo a jornada completa que tenía en una empresa de telecomunicaciones para entrenar para la misión. Sin una explicación aparente, empecé a padecer un grave insomnio, acompañado por alucinaciones y pesadillas. Tuve que acudir al médico para que me medicara y pensé que aquello sería suficiente para descartarme de la misión, pero me dijeron que tenía que regresar al médico y obtener una baja oficial. No podía pagar mi primera factura (porque los reservistas no tienen seguro de sanidad), así que, cuando regresé para que me hicieran la prognosis, no pude conseguir el papeleo. Lo necesitaba para que me dieran de baja. Estaba completamente harto, lo envié todo al cuerno y me ausenté sin permiso. Al final me encontraron y me encerraron durante una semana más o menos. Luego me comunicaron que iban a emitir una orden de arresto por deshonor. Mi padre intentó ayudarme y me convenció para que preguntara a la Guardia Nacional del Ejército si podían hacer algo por mí. El oficial local me dijo que, si me transferían a otro Estado, no tendría que preocuparme por aquella orden de arresto y que no habría ningún problema. Decidí mudarme a Los Ángeles, convencido de que la gente en la Costa Oeste sería más abierta de miras y estaría en contra de librar una guerra ilegal. Tras una semana de darle vueltas a la cabeza y dormir en la playa, llamé a la Guardia y me recogieron.
Era mucho mejor que en Indiana. Todo el mundo estaba muy tranquilo y no parecía que los fueran a enviar a Iraq. Pero, de repente, dos semanas después me dijeron: “Es posible que te desplieguen”. Y luego ya era seguro: estaba en la lista de desplegados. Pasé meses sin hacer nada, arrastrando aquel pesado lastre durante cada segundo de mi existencia. No había manera de librarse, porque ya me habían sacado de un apuro anteriormente. No quería pudrirme en la cárcel. Al final fui a Iraq y me hicieron trabajar en inteligencia militar aunque no tenía ni pajolera idea de lo que estaba haciendo. Me asignaron aquella labor en base a la puntuación de mis exámenes en la escuela. Me ascendieron a sargento. Abandoné los estudios en el instituto. Apenas era capaz de cuidar de mí mismo y me hacían estar al cuidado de una pandilla de delincuentes… los tipos que se metían en líos por beber durante el servicio y toda aquella mierda. Un tipo incluso violó a una soldado. Y yo me sentía como un hipócrita porque tuve que degradarlos aunque yo mismo había estado bebiendo con ellos un rato antes. Fue la cosa más estúpida que he visto en mi vida. Intenté dejar aquel trabajo y le dije a todo el mundo que me iba, que aquello era una estupidez. Pero mis superiores me decían: “Es imposible. La cosa no funciona así. Estás sometido a demasiada presión. Vamos a darte un permiso para que regreses a casa y te relajes”. Sin embargo, yo era honesto con ellos y les dije que no pensaba regresar. Ellos insistían: “Regresarás. La deserción está castigada, sobre todo si uno está en zona bélica”. Pensé en alegar que era objetor de conciencia, pero parecía complicadísimo y llevaba demasiado tiempo. Había gente que me decía que era imposible. Sólo tenía una opción si quería escapar de aquello. Regresé a Indiana con un permiso y le dije a mi made que lo dejaba. Ella estaba preocupada, pero sabía que mi decisión era inamovible. Me escondí en Estados Unidos durante ocho meses, alojándome en casas de conocidos, durmiendo en los bosques, yendo de un sitio a otro y desempeñando todo tipo de trabajos. Un día estaba buscando información en Internet y descubrí que había un abogado que estaba representando a Jeremy Hinzman y otros resistentes que se habían refugiado en Canadá. Me puse en contacto con él y él me puso en contacto con la Campaña de Apoyo a los Opositores a la Guerra. Me invitaron a visitarles para ver si podían ofrecerme algo y me dijeron que no había peligro en atravesar la frontera. En aquel momento me quedaban 400 dólares en la cuenta y no me lo pensé dos veces. Les pagué a dos amigas para que me condujeran hasta allí. Cuando llegamos a la frontera, dije: “Hola, voy a ver a unos amigos” y los aduaneros se limitaron a hacer una inspección por encima del coche. No me había dado cuenta y había dejado una libreta con información sobre un abogado de inmigración en mi bolsa. La encontraron y me preguntaron: “¿Qué es esto? ¿Por qué necesitas a un abogado de inmigración? ¿Es que planeas quedarte en Canadá?”. Me entró el pánico, pero intenté templar mis nervios diciendo: “Es un poema. Dejadme en paz. ¡Es mi maldito diario!”. Se echaron a reír.
Entré en Canadá y fui a comer y tomar unas cervezas con alguna gente de la campaña. Entonces aún no había planeado mudarme allí. Hice que las chicas con las que había subido se quedaran otros cuatro días, por si lo que me había dicho la gente de la campaña era falso. Les iba a pedir que me dejaran cerca de Maine o por los alrededores y así podría atravesar de nuevo a pie la frontera a través del bosque si las cosas no salían bien. Pero transcurrieron unos cuantos días y decidí quedarme aunque estaba en la más absoluta de las ruinas.Al principio vivía con un miembro de la campaña, y me daban comida y cervezas. Tenían un jardín de tomates en la parte posterior de la casa. Era genial. Incluso di algún concierto para cambiar un poco de aires. Al final me dieron el permiso de trabajo y conseguí un empleo como es debido vendiendo espacio publicitario en un motor de búsqueda en Internet. Gano un salario decente. Tengo mi propia casa. Pronto me compraré un coche y he hecho un montón de amigos. Mi solicitud de refugiado fue denegada, pero puedo quedarme legalmente aquí mientras la recurro. Creo que estoy en racha. Las cosas me van mejor cada día que pasa. Opino que lo que hice, en cierto sentido, fue un acto patriótico, porque Estados Unidos se promociona como el lugar en el que cada uno defiende sus ideales y no cede ante lo que le imponen sólo porque las reglas se crearan antes. Es una vergüenza que no pueda vivir en mi propio país y hablar en contra de la guerra porque me meterían en prisión unos 40 años. Tengo 25 años. A la porra con eso. Que me besen el culo. Si los canadienses me obligan a marcharme, me iré. Hay modos de regresar a Estados Unidos sin pasar por la aduana. Me mudaré a un lugar donde nadie me conozca. Probablemente a California, donde podría ser quien quisiera. CONTINUED: RESISTENTES A LA GUERRA | 1 | 2 | 3 | 4 | |